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La morriña del abandono

galicia | Dic 2019
Por Jesús Moraime

Dulce encanto el de la ruina, piedras tomadas por las silvas y las hiedras en ese lento, pero inexorable, avanzar de la naturaleza sobre el orden humano. Orden efímero y racional de camino a un orden eterno y natural.

¿Nos parecerá encantadora la ruina por ese camino de retorno al orden primigenio y en contra de la disposición del hombre? ¿Disfrutaremos del definitivo triunfo de la naturaleza frente a nuestro pequeño gran orden? ¿O nos gustará por esa evocación libre de un mundo que el tiempo consigue idealizar? ¿O simplemente por un sentir romántico de la vida?



Europa empezó a valorar en el Renacimiento la ruina por constituir un manifiesto de un mundo antiguo cuyos ideales y formas se querían imitar. Las ruinas se saqueaban y sus restos se copiaban en los órdenes arquitectónicos modernos, se imitaban en las decoraciones pictóricas a la manera pompeyana que cubrieron los palacios de toda Europa, y el rescate de esculturas como el Laocoonte cambiaron el curso de la historia del arte dando entrada al Manierismo. Pero el valor de la ruina con un sentido pictórico y estético a la vez que meláncolico-morriñoso, de unos tiempos que se consideraron mejores, sólo llegará de la mano de los pintores franceses y holandeses asentados en la Roma del barroco, Claudio de Lorena, Gaspard Dughet, Jan Baptist Weenix y Jan Both entre otros, y a comienzos del siglo dieciocho con el triunfo del Jardín Paisajista Inglés y la aparición de la ruina como un elemento más del paisaje creado.

A los románticos enamorados de la Historia nos parece que cualquier época fue más evocadora que la actual, aunque cada vez estoy más cerca de pensar que es una errónea apreciación en cuanto que el hombre con sus luces y sombras ha sido siempre el mismo protagonista.

Galicia, ha sido para mí el más certero crisol de este sentir romántico. Desde niño, la casa solariega familiar, nuestra mítica Granxa d’Outeiro en Francelos (Ribadavia), era ya devorada por hortensias y silvas y los antaño florecientes viñedos de Don Benigno Pereira-Borrajo, y su afamado tostado habían caído en el más solemne abandono por la desidia de una familia de la Vieja España. Ese regusto de una gloria hermosa y decadente se animaba con las excursiones en busca de la sempiterna ruina monástica a la que abordábamos saltando tapias y venciendo zarzas para llegar hasta soledades en las que el alma se nos extasiaba.

Porque Galicia en los confines del Occidente y al final de la peregrina senda, fue lugar privilegiado por los numerosos asentamientos monásticos. Montes, fragas y recónditos valles fueron los enclaves elegidos por benedictinos y cistercienses para elevar pétreos poemas, muchos de los cuales llegaron hasta los finales del siglo XX en estado de abandono después de pasar a manos privadas en la Desamortización de los bienes de la iglesia. Ruinas en paisajes desolados, siempre evocadoras de esos tiempos pasados que nos pintamos mejores.

Tiempos en los que los enclaves monásticos constituyeron una verdadera constelación en torno al sagrado Campus Stellae bajo el que reposaba el santo patrón. Contrapunto espiritual y culto a la también culta, pero hidalga y batalladora, vida de las fortalezas y castillos, que con la pacificación se convirtieron en pazos, el otro gran patrimonio cultural de la Galicia rural.

Con la llegada de las ordenes monásticas se revitalizó el cultivo del viñedo, ya desarrollado por los romanos pero dejado en otro abandono, y en enclaves como la Ribeira Sacra se dieron la mano el pintoresquismo de la ruina y la belleza del duro cultivo de la vid en las escarpadas riberas de los cañones del Sil y del Miño que hoy se han convertido en el más atractivo destino de la tierra adentro gallega. Tierra adentro, lejos de los balnearios de las apacibles rías y de los inacabables eucaliptales que han expulsado de la costa a robles, alcornoques, abedules, fresnos y alisos. Esta tierra adentro, corazón tan verde, montes del Courel, del Invernadoiro, y de los Ancares, en los que entre landas de brezos se hacen fuertes carballos y abedules que un día fueron y volverán a ser, el manto que cubría esta tierra monástica y de arte pétreo.



Con los años he desarrollado ese sentimiento existencial de los gallegos que dicen morriña y la RAE define como la «Tristeza o melancolía, especialmente la nostalgia de la tierra natal» y no siendo emigrante ni habiendo nacido en un monasterio en ruinas en el medio de una desolada carballeira, siento morriña. Morriña de aquellos abandonos que poblaban los paisajes gallegos de mi adolescencia. Santa María de Aciveiro, en lo alto de los montes entre robles y acebos. Santo Estevo de Ribas de Sil enseñoreándose, con su historia del arte escrita en claustros, sobre el profundo rio. Santa Cristina, también de Ribas de Sil, mágica y entre los centenarios castañares de la Ribeira Sacra. San Juan de Caaveiro en lo más selvático de los bosques atlánticos, y algunos raros y marmóreos como el de San Pedro Fiz, en la recóndita comarca de O Incio, uno de los secretos mejor guardados de la montaña gallega.

Hoy en día muchos de ellos restaurados y dotados de usos culturales y hoteleros, lo que me alegra pero no mata mi morriña de aquella Galicia de olor a vaca y musgo, y sinfonía de carreta. Una Galicia en la que lo rural lo invadía todo, mujeres con zuecos y pañoleta que venían por nuestra puerta a ofrecer hortalizas y los huevos de sus gallinas y que se llevaban la “lavadura” que les habían guardado en casa para el porquiño. Una Galicia tallada en granito, horneada en “millo”, tierra de emigrantes, narrada por Eduardo Blanco Amor, Wenceslao Fernández Flórez y Torrente Ballester, y pintada por Fernando Álvarez de Sotomayor y mi tío bisabuelo Benigno Pereira Borrajo, aquel que hacía tan afamados vinos tostados a orillas del rio Miño, que cuidaba de sus dalias y hortensias y que gustaba sentar a las aldeanas delante de sus pinceles.

Aún nos quedan algunas de aquellas bellezas pétreas que siguen durmiendo en la poesía de su tiempo como San Paio de Abelenda, en una armonía entre la piedra, el jardín y el viñedo. Santa María de Melón con su girola cisterciense y los claustros góticos y renacentistas. Santa María de Oia, varado en una playa frente al atlántico, y San Julián de Moraime, rodeado de gallinas negras y custodiando un ciclo de frescos góticos sobre los pecados capitales, que tanto me cautivó que me dio nombre de jardinero y viajero empedernido.
 
“Ruinas en paisajes desolados, siempre evocadoras de esos tiempos pasados que nos pintamos mejores”.

Vestigios que en su día atesoraron saber en sus bibliotecas, cánticos en sus coros, ritos en sus ceremonias y colecciones botánicas en los huertos de plantas medicinales que abastecían sus boticas y cocinas. Entre piedras derruidas y zarzas desmadradas, aún a veces y después de siglos, se encuentra uno con lirios, rosas, lilos y celindos que junto a alguna que otra planta aromática siguen perfumando los muros del abandono.

Un mundo al que la Ilustración y sus luces apagaron sus velas y encendieron sus penumbras, abriendo con la exclaustración y posterior desamortización, la puerta al abandono y a la hermosa, melancólica y poética ruina, cuya desaparición en este movimiento pendular del mundo me entrega a la morriña.